
Simula leer el periódico, lo abre, lo extiende al aire cubriéndose por completo el rostro… hasta los pechos. Lee, realmente lee y entiende lo que lee; aun así sigue simulando observar detenidamente el artículo sobre esos sicarios que ayer entraron al velorio de Yilmar en un barrio alto de Medellín y mataron a su mejor amigo mientras lloraba sobre su ataúd. Cruza las piernas de una forma tan pausada que parece detener el tiempo ante aquellos ojos que titilan detrás de la botella de brandy y dos copas a medio acabar. Mira la pulsera brillante en su muñeca, consulta la hora, realmente la consulta pero la olvida cada dos minutos y por ello vuelve; sin afán, claro, la mirada sobre su antebrazo. Lo hace todo con una parsimonia tal, que raya en la pereza. Cada quince minutos piensa que ha tardado, lo ve cada vez más cerca, pero parece más tímido de lo normal.
Él, por supuesto, no deja de mirarla, no aleja su atención de la entrepierna que en cada cruce se hace más oscura, aunque en su cabeza la imagen bajo la falda es nítida y casi que tangible. El gajo de anuncios políticos, de clasificados, de fotos sobre marchas y protestas que ahora ocurren con frecuencia en la ciudad, le ocultan por completo el rostro; necesita verla antes de acercarse, quiere saber si se parece a Anna, así sea en el cabello, la aceptaría de inmediato. Sonríe.
-Y dicen que la maldad no tiene escrúpulos- piensa para si y vuelve a sonreír, pero esta vez lo oculta rascando su nariz y mirando hacia afuera como si se tratase sólo de un recuerdo.
Se fija en la foto, es la última página, veinte, quizás treinta reinas de belleza, sin belleza, claro. Piensa en ellas como baldes llenos de grasa y esmalte; también sonríe pero no se esfuerza en ocultarlo. Ahora, baja delicadamente una de las piernas y con un movimiento de astucia sube la falda unos cinco centímetros y finge no notarlo pues el periódico está tan abierto que obstruye, no solo la vista del recinto, sino también la de su postura. Siente como se estremece una mesa contra el suelo y escucha una copa caer, escucha como se riega el brandy por el piso y sabe que los cálculos son perfectos. No tardará mucho en acercarse, se lamenta. No lo ve, pero siente como se levanta de la silla, la corre un poco y encamina sus pasos hacia ella.
La saluda con hola ahogado y quebradizo, y aun sin verle el rostro, repite el saludo simulando estar tranquilo.
Anna, dobla el periódico, baja su falda como si no le importara, se recoge el cabello, lo mira detenidamente, se acerca y, antes de salir, le susurra al oído con un movimiento sensual.
-Demasiado tarde Martin…- su silueta desaparece en el umbral.
Él, por supuesto, no deja de mirarla, no aleja su atención de la entrepierna que en cada cruce se hace más oscura, aunque en su cabeza la imagen bajo la falda es nítida y casi que tangible. El gajo de anuncios políticos, de clasificados, de fotos sobre marchas y protestas que ahora ocurren con frecuencia en la ciudad, le ocultan por completo el rostro; necesita verla antes de acercarse, quiere saber si se parece a Anna, así sea en el cabello, la aceptaría de inmediato. Sonríe.
-Y dicen que la maldad no tiene escrúpulos- piensa para si y vuelve a sonreír, pero esta vez lo oculta rascando su nariz y mirando hacia afuera como si se tratase sólo de un recuerdo.
Se fija en la foto, es la última página, veinte, quizás treinta reinas de belleza, sin belleza, claro. Piensa en ellas como baldes llenos de grasa y esmalte; también sonríe pero no se esfuerza en ocultarlo. Ahora, baja delicadamente una de las piernas y con un movimiento de astucia sube la falda unos cinco centímetros y finge no notarlo pues el periódico está tan abierto que obstruye, no solo la vista del recinto, sino también la de su postura. Siente como se estremece una mesa contra el suelo y escucha una copa caer, escucha como se riega el brandy por el piso y sabe que los cálculos son perfectos. No tardará mucho en acercarse, se lamenta. No lo ve, pero siente como se levanta de la silla, la corre un poco y encamina sus pasos hacia ella.
La saluda con hola ahogado y quebradizo, y aun sin verle el rostro, repite el saludo simulando estar tranquilo.
Anna, dobla el periódico, baja su falda como si no le importara, se recoge el cabello, lo mira detenidamente, se acerca y, antes de salir, le susurra al oído con un movimiento sensual.
-Demasiado tarde Martin…- su silueta desaparece en el umbral.
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