viernes, 3 de julio de 2009

La folie


Vengo a este sitio hace algunos años con la esperanza de poder recordarlo; me veo siempre en la barra tomando una especie de vino tinto chileno o mirando el almanaque con la mujer que sonrie todo el tiempo mientras finge su desnudo. En ocasiones, pienso que esa sonrisa no le pertenece a ese cuerpo...
D. sabe que sólo tomo unos tragos o quizá escribo mientras bebo e imagino mis pies remojandose en el río, uno que corre bajo la barra mientras hago todo esto. Es difícil de explicarlo en mis condiciones, la música es lenta y opresiva, pero me trae cierta calma y hay momentos en los que padezco de felicidad.
El hombre en la mesa de enfrente, justo enfrente mío, al lado de la entrada aunque oculto por la puerta, es extraño. Sólo viene los martes, lo sé por D. quien me habló un par de veces sobre él. Yo sólo vengo los jueves porque mis prejuicios raciales, sociales y emocionales me dicen que los jueves es el mejor día para venir a la Sombra de Aquiles, el bar que administra D. Hay buena música, poca gente -por no decir nadie- y se puede estar triste a solas, nadando sobre el vicio del cigarrillo y el cuadro de la noche. El hombre en la entrada, custudiado por la puerta toma tres cervezas, demora un tiempo exacto entre cada sorbo, un tiempo exacto entre cada cerveza, lo cual también incluye cruzar y descruzar las piernas. Aunque sólo viene los martes (tal vez tenga también sus prejuicios raciales, sociales y emocionales), el último jueves de cada mes viene y se sienta siempre ahí; me observa cual ave de rapiña, eso no me preocupaba, no antes, hasta que un día D. me dijo algo confuso, algo como, "... ahí está otra vez, vos lo sabés, que no lo recordés es otra cosa." el hombre, desvió su mirada y la escondió en el último sorbo de su tercera cerveza...
Vengo a este viejo bar hace algunos años con la ilución de que D. me diga la verdad. Me siento siempre en la mesa al lado de la puerta; me queda mejor, veo a todos los que llegan, reparo a S. la mesera a mi gusto y hasta no recibir de ella una sonrisa, no ordeno nada, luego, cuando la tengo, me tomo tres cervezas mientras miro al hombre de la barra y le encuentro un aire de nobleza insoportable. Siento como si le debiera mi vida.
A J. lo asesiné por error, en una completa inconciencia y en un delirio total lo degollé pensando que había matado a mi hermana, pero... vaya locura, luego recordé que no tenía hermanas. Fue entonces cuando pensé que estaba loco y deliberadamente me corte el cabello al rape. Era lo menos que podía hacer en homenaje a J. a mi rerrible descuido y a su insignificante inocencia.
De vez en cuando, el hombre en la barra me mira, se estremece, sacude los pies como si los tuviese mojados y bebe nervioso su vino.

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