martes, 18 de mayo de 2010

La asombrosa pérdida del asombro



“Aquella biblioteca estaba allí
cuando yo era joven
y  buscaba algo a lo que aferrarme.”
Charles Bukowski.

Es irónico pensar que el silencio de una biblioteca esté plegado de palabras, de gritos, de diálogos, de susurros, de imágenes en movimiento y tangibles escenarios, de gentes desconocidas paseándose por todas las épocas; pequeños estantes soportando el peso de enormes universos, el mundo apuntalado en otras dimensiones que forjan a hurtadillas nuestra realidad. La soñada máquina del tiempo de George Wells no es sólo el enteléquico accionar de las palancas o giro de las hélices; las dos mil revoluciones por segundo que nos incitan a la locura, no; hay siempre una esperanza, en el fondo todo buen lector espera de los libros un milagro, una revelación, quizá la confinación de un pequeño secreto, el hombre que lee es un ser que se resiste a dar por muerto su asombro, es la esperanza flotando en la nada cotidiana de nuestras vidas. La magia ha estado siempre ahí, las pociones y conjuros para volar, las herramientas para crear, las instrucciones para comprender el juego, los tesoros ocultos a la vista; lo malo es que nunca se da con el lugar propicio para despegar. Nuestro gran problema es mirar en demasía la superficie de la realidad, el hombre de ahora mira excesivamente hacia afuera, pero es adentro donde ha olvidado la varita mágica, la capacidad de asombro ya no hace parte de sus atributos, es como si ya nada pudiese maravillarlo, la fascinación es uno de sus estados extintos, un raro espécimen que perdió hace muchos años la curiosidad.

Imagino escritores  visionarios, genios deschavetados y alucinantes como Julio Verne, Isaac Asimov, Ray Bradbury o Stephen King, imbuidos en el caos de su imaginación, enclaustrados en la soledad de las bibliotecas, intentando imaginar un mundo menos defectuoso, sintiendo siempre la necesidad de descifrar todas esas preguntas que pocos se hacían, preocupados por no ser parte del cúmulo de seres deleznables que de vez en cuando se detenían a pensar. Ahora estos hombres maravillosos parecen no existir, se han refugiado llenos de tristeza en las solitarias bibliotecas, se han filado en el olvido de las estanterías silenciosas de literatura, en las murallas repletas del conocimiento que a nadie le interesa conocer y han optado por morir en el anonimato que proporcionan las esquinas del recinto.  En una de esas murallas de libros, en una biblioteca no muy lejos de casa, me topé con mi primer tiquete a lo “imposible”, luego fue cuestión de meses zambullirme en ese orbe de estados fascinantes ocultos en los libros. Un libro extraño de H. P. Lovecraft (Necronomicón), un cuento de Bradbury (El ruido de un trueno), uno de Poe (Willam Wilson), una novela de Nathaniel Hawthorne (La casa de los siete tejados) y un texto infinito de Michael Ende (La historia interminable), entraron en mi vida y salvaron el aburrimiento de mis días (espero que el lector tome esto como una pequeña confesión y no como la infamia pretenciosa de la que quiero ufanarme), lecturas iniciáticas que extendieron los puentes de la imaginación a todos los lugares posibles y me ensañaron que el único testimonio creíble del hombre es su imaginación. Luego vinieron muchos escritores, tantas páginas corriendo por mis ojos, puertas a la realidad perfecta, la que no es real y por ello es perfecta, me di cuenta entonces que el hombre siempre va a tener un pretexto para olvidar los trágicos desencuentros con su vida.

Nuestra fuga, tiene una entrada con puertas de papel que aletean una tras de otra… una tras de otra; es una grieta pequeña y difícil de encontrar, pero siempre ha estado ahí, en el mismo punto.

Hoy me pregunto por qué en el colegio se empeñaban en que leyera resúmenes (pues era eso lo que realmente se leía -y más aun hoy que tenemos a mano ese gran monstruo llamado internet-) de las obras dictadas por los libros de texto, obras que nunca comprendimos pues nos preocupaba más la cantidad de páginas que el contenido de las mismas. Nuestros maestros de literatura incumplieron su labor y son los culpables de que hoy un joven de 15 o 16 años no tenga idea de quién es Edgar Allan Poe y vea la posibilidad de leer El principito como una escena patética en su vida. Con todo esto, es posible que el panorama se torne mucho más gris en pocos años cuando ya ningún muchacho sepa el porqué de los libros. Era Lin Yutang quien decía “El hombre que no tiene la costumbre de leer está apresado en un mundo inmediato con respecto al tiempo y al espacio. Su vida cae en una rutina fija; está limitado al contacto y a la conversación con unos pocos amigos y conocidos, y solo ve lo que ocurre en su vecindad inmediata. No tiene forma de escapar de esa presión…” y yo digo que el hombre que no tiene la costumbre de leer es un hombre sin costumbres y propenso a la locura silenciosa.

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