"No hables, no mires, no intentes comprender.
Tu desencanto... también es peligroso."
J. Estulticia
Recuerdo una imagen ridícula
de M. mientras se movía a prisa. Sus gestos infantiles me llevaban a reconocer
cierta maldad en los acontecimientos anteriores; un lastre de brutal sevicia y
perturbación mental me hicieron comprender que no era el ser lacónico que
siempre pensé… más bien un obsesivo-compulsivo que nunca pudo sostener ningún
tipo de desidia y que tal vez se reinventaba cada que podía en fragmentos de
vidas paralelas diseccionadas en universos anodinos.
El cuadro no contenía todas
las visiones, el libro no aprisionaba a la par un sinfín de realidades
ficcionadas o de personajes fabulosos discutiendo en un café sobre una mesa
sucia y con grabados absurdos. ¡No mires! ¡No leas! ¡No comprenderás!
M. se acercó peligrosamente
al abismo, lo miró de frente y la vorágine de estados se le hacía fascinante;
la entropía no parecía hermosa –era horrenda, risible- pero sí llamativa y
envolvente. La constelación de imágenes eróticas y la cadencia de los
movimientos se detenían en fotos explosivas. Cuando la eternidad se detiene así
en un instante, es lamentable ver cómo se derrama el tiempo hacia los lados,
como si se desangrara por enormes heridas llamadas días y gotas como de bilis
que se estrellan contra la imagen detenida en ese instante… manchándola de
rojo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario