"Porquoi quelque chose plutót que rien?"
E. M. Ciorán
A las
3 de la tarde era la canícula, el sol parecía enojado, solía calentar lo
suficiente, pero no quemar… no en esta ciudad de vacíos desbordantes. M. estuvo
enfrente de su casa horas, él lo sabía pero nunca salió –no por la puerta
principal-. Del umbral hacia adentro era mejor, afuera la cabeza no estaba a
salvo de la locura. El edificio de enfrente no estaba de humor para que lo
miraran. Cuántas veces surcó la esquina ignorando al perro que se clavaba en la
basura. Hoy, a las 3 de la tarde se detendría a observarlo con cautela, el día
no daba para más; parecía una figura sublime del greco con las costillas
infinitamente marcadas y vulgares, el hocico embadurnado de un arroz verduzco y
mohoso, los ojos famélicos que cada tanto lo miraban con el brillo noble de la
muerte. De alguna forma le gustaba sentir ese susto pavoroso. A las 3 de la
tarde, el perro lamía con fruición los huesos esparcidos sobre el caldo rosado
del pavimento, las ansias de su lengua lo llevaban a morder con rabia y a devorarse los gemidos, para finalmente tragar enteras las astillas. Al perro, terminado el
festín, no le quedaba más que buscar otro basurero, no uno mejor, pero sí uno
en el que nadie lo observara. A las 3 de la tarde… los relojes se durmieron y cuando él volvió M. no había abandonado su lugar.

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